miércoles, 8 de julio de 2015

Las catalpas

Hubo un tiempo en que me gustaban las catalpas. Me gustaba su hoja, ancha y flácida, y sus flores e incluso sus vainas finas y secas. Me parecía un buen árbol de sombra y bonito, y práctico para pequeños jardines.

Después me fui a vivir a Nueva York. ¡Oh, las catalpas de Nueva York! Veréis, íbamos un día mi estimada esposa y yo en un coche alquilado por la zona más rural del estado de Nueva York cuando de pronto vimos una sucesión de enormes árboles desconocidos. Nos paramos. Pero, ¿qué árbol es éste? ¿Qué árbol es? Y entonces, lo comprendimos: eran catalpas. Solo que eran catalpas a una escala desconocida, digamos, sencillamente, que la rama más pequeña de ese árbol que estaba yo contemplando boquiabierta era al menos dos veces más grande que la catalpa más grande que yo había visto jamás.

Y desde entonces, cuando veo una catalpa en España, no puedo evitar sentir un poco de claustrofobia.

En fin... en el Herrén había tres catalpas cuando llegamos. Las catalpas gustan de agua y donde están, agua, lo que se dice agua, no tienen. Pero como sobreviven el verano mal que bien, yo no pienso regarlas por ahora. Tengo planes para ellas, pero eso se irá viendo poco a poco.

Lo que sí les hice este invierno, fue darles una buena poda de limpieza (lo que yo llamo poda de limpieza es: quitar madera muerta y quitar ramas que se cruzan y pueden convertirse en un problema más adelante. Nada radical). 

Y el resultado son unas catalpas más sanotas, verdes, florecidas, frondosas y contentas.

 La mediana

 La grande

La mediana otra vez

Por algún motivo no tengo fotos de las catalpas antes de la poda, así que tendréis que creerme sin pruebas gráficas: están mejor.

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