lunes, 3 de marzo de 2014

Más progreso en la cocina y a dónde vamos a ir a parar

¿Estará la cocina terminada algún día? Seguimos a la espera de nuestra querida bomba de agua, que está en el taller y cuya reparación nos va a costar 213,37 Euros que no tenemos pero habrá que sacar de otra cosa.


Mientras tanto, mi querida esposa ha instalado una estantería para madurar los quesos. La estantería en cuestión tenía que ser madera de roble. Al parecer los quesos maduran mejor cuando reposan sobre este tipo de madera.

Así que fuimos a una carpintería a comprar una tabla de madera de roble. Dicho así la cosa parece fácil, ¿verdad? Pero nada es fácil para  nuestras heroínas, si lo fuera, no habría nada de que hablar en el blog.

Lo primero fue encontrar una carpintería. Me refiero a una de verdad, con madera de verdad, no un taller de "carpintería de aluminio", ni un sitio donde hacen muebles de cocina con contrachapado. Localizamos una y llamamos por teléfono y nos fuimos para allá y después de dar mil vueltas por un polígono industrial horroroso y de llamar dos veces para pedir ayuda, por fin la encontramos.

Así que entramos y le decimos al hombre que buscamos una tabla de roble y él nos pide las medidas y se las decimos y entonces nos lleva a un sitio lleno de ¡¡placas de contrachapado de color "roble"!! Qué susto se llevó el pobre cuando le explicamos que lo que buscábamos era una tabla de madera que en algún momento de su vida hubiera sido un roble, el árbol, y no un trozo de plástico cuyo nombre comercial es "roble".

Pero, por todos los dioses, ¿qué va a ser de nosotros si ni siquiera en una carpintería trabajan con madera? ¿A dónde vamos ir a parar?

Aquí servidora, ante el cariz que han tomado las cosas. Fragmento de este cuadro.


Pero no desespereis, porque nos llevó a otro rincón del taller, más polvoriento, menos transitado, donde había unos tablones asquerosos con una pinta horrible y nos dijo que eran roble y además, sin tratar. Yo miré aquello y pensé que si los quesos tenían que madurar encima de esa tabla, no sería yo quien me los comiera.

Pero, milagro, el señor este tenía una máquina maravillosa. Metió la tabla por un lado y por el otro salió la tabla más bonita que he visto en mi vida, con un color rico y un grano precioso. Y lo mejor es el olor que tiene, indescriptible pero adictivo. Me estaría todo el día con la nariz pegada a esa madera, pero es poco práctico.

Y nos la llevamos, felices como perdices. Para hacer esto:

Madurad, madurad, mis pequeños.




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